El futuro está en L.A.

Vagan drogados, bebidos, padeciendo enfermedades mentales, desatendidos. Duermen arrinconados, en las paredes, a la intemperie. Los turistas pasan a su lado, sorteándolos extrañados, tratando de ignorarlos, entre Spidermans y vendedores de tours . Cerca del Dolby Theatre, algunos fotografían la estrella de Donald Trump, que esta semana ha amanecido de nuevo manchada con heces.
No, el paseo de la fama de Hollywood Boulevard de Los Ángeles (L.A.) no tiene estos días el glamur que proyecta durante la ceremonia de los Oscar. En la plaza Olvera, Carlos III observa a los sintecho instalados a sus pies. Los alrededores de la estatua que los reyes Juan Carlos I y Sofía inauguraron años atrás los habitan ahora personas que viven en los márgenes. Si algún día lo desmantelaron, también el campamento de tiendas de campaña, entre el centro histórico y el distrito de la moda, vuelve a estar en pie. En la misma ciudad pero en otro mundo, los barrios residenciales, en cambio, siguen impolutos y vigilados incluso por drones.
Muchos en Occidente están dispuestos a renunciar a parcelas de libertad para sentirse más segurosPoco o nada ha cambiado en L.A. desde que el presidente de EE.UU. desplegara en junio, durante unas jornadas, a la Guardia Nacional para contener las protestas por las redadas de inmigrantes. Algunos de ellos tienen ahora más miedo que antes, pero en La la land casi no hay rastro de pintadas, paneles o banderas contra el presidente.
No ha cambiado la ciudad como no pueden cambiar Washington, ni Baltimore, ni Chicago, ni lo podría hacer Seattle, donde el mismo paisaje espectral acecha al emblemático Pike Market, ni en tantas otras ciudades norteamericanas. Ello requeriría un despliegue permanente, total e indefinido, de efectivos de los que no dispone la Guardia Nacional. No es eso lo crucial. Las medidas, los anuncios, son un síntoma.
La policía de California detiene a dos participantes de una manifestación en Los Ángeles contra las redadas contra inmigrantes.
MARIO TAMA / AFPA Trump se le juzga por su forma particular de gobernar y por su descarnada forma de comunicar. El despliegue, entre propagandístico y disuasorio, puede cuestionarse, sin embargo su administración pone encima de la mesa uno de los ejes que nos gobernarán en los próximos tiempos: el equilibrio entre libertad y seguridad. Más incluso de lo que ya lo hizo el 11-S con protocolos que hoy aceptamos como normales.
Muchos ya en Occidente ven extraños, bárbaros, por doquier. Y cada vez estan más dispuestos a renunciar a parcelas de libertad, a replegarse, porque anhelan sentirse más seguros (estarlo es otra cosa). El presidente, que capta bien el aire de esta época, lo expresó a su manera esta semana. Él no es “un dictador”, dijo, aunque “algunas personas preferirían tener a uno” si les asegurara que “detendría el crimen”.
Un par de décadas atrás, cualquier europeo podía asumir que EE.UU. era una sociedad diferente. Hoy, ante la creciente dificultad de la socialdemocracia para afrontar las necesidades asistenciales de la pobreza, del aumento poblacional, del reto migratorio, la crisis de vivienda y la precarización laboral, cuando un europeo pasea por Los Ángeles puede intuir que ya no ve una sociedad diferente sino su futuro.
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