Fue astronauta de la NASA, pero su experiencia más aterradora la vivió bajo el océano
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Para los astronautas, viajar al espacio puede ser el desafío más extremo de sus vidas. Sin embargo, para Garrett Reisman, ingeniero aeroespacial y exastronauta de la NASA, la experiencia más aterradora de su vida no ocurrió en órbita, sino en las profundidades del océano.
Antes de embarcarse en misiones espaciales, muchos astronautas deben someterse a rigurosos entrenamientos en ambientes hostiles. Uno de estos programas se lleva a cabo en la Aquarius Reef Base, un laboratorio submarino ubicado frente a la costa de Florida, Estados Unidos. Durante dos semanas, Reisman y su equipo vivieron en este hábitat a 19 metros de profundidad, donde simularon condiciones extremas similares a las del espacio.
El objetivo de este entrenamiento es preparar a los astronautas para situaciones de confinamiento y trabajo en un entorno que no permite errores, al igual que en las naves espaciales. Sin embargo, lo que Reisman encontró en el fondo del mar superó cualquier escenario para el que se había preparado.
Durante uno de sus días en el submarino, Reisman se dirigió a la cámara del baño, un área donde los buzos deben salir al océano abierto para hacer sus necesidades y así cuidar su entorno de trabajo, sin ningún residuo que los contamine. En ese momento, iluminó la oscuridad con su linterna y se encontró cara a cara con un enorme ojo amarillo. “Bajé, abrí los ojos y en la penumbra vi un globo ocular gigantesco mirándome fijamente sin pestañear”, relató en una entrevista de 2020 con Joe Rogan.
La criatura en cuestión era un mero goliat, una especie de pez que puede medir hasta 2,5 metros de largo y pesar más de 360 kilos. Debido a su gran tamaño y enorme boca, este animal puede convertirse peligroso para los humanos. A su vez es considerado muy territorial, por lo que de sentirse atacado en su entorno puede morder a las personas.
El susto fue tal que Reisman regresó rápidamente a la base y alarmó a su equipo, quienes pensaron que había sido atacado por un tiburón. “Era solo un pez gigante”, dijo más tarde, aunque admitió que la experiencia le provocó un miedo tremendo.
Pero este no sería el único encuentro aterrador de Reisman en las profundidades marinas. Dentro de la base submarina, las necesidades fisiológicas se convertían en un desafío. Para ir al baño, debía salir al océano con una máscara de oxígeno y nadar hasta un área designada. Lo que no esperaba era que los peces del entorno se hubieran acostumbrado a este proceso y lo vieran como una oportunidad de comida. “En cuanto entrabas al agua por la noche, era como si sonara la campana de la cena”, explicó entre risas. Docenas de peces se agolpaban a su alrededor para intentar comer sus heces.
Esto le generaba gran incomodidad a la hora de ir al baño, ya que además de tener que hacer sus necesidades bajo una gran presión hidrostática, tenía que ahuyentar con sus manos a los pequeños animalitos para que no se acercaran a él en estas condiciones.
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