Un búnker y el periplo de ‘La joven de la perla’: así se protegió de los nazis el museo Mauritshuis
Casa en la tormenta es un título casi novelesco para una exposición, pero la pinacoteca Mauritshuis de La Haya lo acompaña este febrero de un apoyo clarificador: Museo en tiempos de guerra. La sala, hogar del cuadro La joven de la perla, de Vermeer, conmemora hasta el 29 de junio los 80 años de la liberación de Países Bajos con una muestra sobre su etapa durante la ocupación alemana. Fue el único museo neerlandés con un búnker a prueba de bombas, y su director de entonces, Wilhelm Martin, protegió la colección y a sus empleados a pesar de la insistencia de los nazis por la propaganda de exaltación nacional. El edificio sirvió además de escondite a un grupo de ciudadanos que evitaron así ser sometidos a trabajos forzados para el Tercer Reich.
El Real Gabinete de pinturas Mauritshuis, su nombre oficial, se levanta junto a una balsa de agua denominada Hofvijver (estanque de la corte). Era un antiguo lago en las dunas donde Johan Maurits, príncipe de Nassau-Siegen, ordenó construir un palacio urbano en el siglo XVII. En 1820, el edificio fue adquirido por el Estado, que lo dedicó principalmente a las pinturas del Siglo de Oro. Una época y estilo que la Alemania nazi consideraría digno de ser preservado. “Los alemanes percibían a los neerlandeses como si fueran un pueblo similar, de modo que no robaron las colecciones de arte”, explica Martine Gosselink, directora del Mauritshuis. “Es una historia completamente distinta a la de otros países europeos donde los nazis asaltaron y atacaron museos”, añade, durante la presentación de la muestra. Es más, a las fuerzas ocupantes les parecía que la población local “debía sacudirse el entusiasmo por sus reyes y reinas [de la casa de Orange] y convertir el nacimiento de Rembrandt [15 de julio de 1606] en una festividad nacional”. El artista les parecía “supergermano”.
El 25 de agosto de 1939, debido a la amenaza de guerra, el museo cerró sus puertas y los cuadros fueron repartidos por lugares seguros de La Haya. El 10 de mayo de 1940 dio comienzo la invasión de Países Bajos y la ciudad resultó alcanzada por las bombas. Las obras fueron devueltas en ese momento al museo y guardadas en un búnker bajo el edificio. El día 14 fue bombardeada Róterdam y, al cabo de una semana, el Gobierno se rindió a la Alemania nazi para evitar que otros lugares corrieran la misma suerte.
En la primera sala de la muestra hay una maqueta de la pinacoteca en una urna colgante sobre un plano de La Haya. De esta forma, puede verse que durante la guerra estaba rodeada de edificios tomados por los oficiales nazis para sus operaciones. Y también para organizar la persecución de la población judía. “Wilhelm Martin, el director, hizo todo lo posible por poner a salvo la colección y las piezas maestras se guardaban por la noche en el búnker. Algunas eran subidas durante el día”, indica Gosselink. Las pinturas fueron catalogadas en función de su valía para facilitar su posible evacuación, y esas marcas, unos triángulos, siguen grabadas en la parte de atrás de los marcos. El rojo era para las obras maestras. Blanco para las de gran importancia, y azul para las que podían ser reemplazadas por otras en caso de desaparición. Otros museos neerlandeses hicieron algo parecido.
Durante la contienda, La joven de la perla fue trasladada repetidas veces para protegerla. Estuvo en Zandvoort (al oeste), Ámsterdam y Maastricht (al sur) para regresar a La Haya en noviembre de 1945, cuando el país llevaba ya seis meses liberado. “Los alemanes sabían que los cuadros fueron sacados, pero consideraron que era para protegerlos de las bombas”, señala la directora. “No los requisaron porque los veían como algo de su propia cultura”. En una de las paredes se ha instalado una foto de tamaño natural, como si fuera un mural. Presenta las salas forradas de marcos vacíos durante la guerra, un hueco que los ocupantes alemanes intentaron llenar con exposiciones propagandísticas. Una se titulaba El libro alemán de hoy, y destacaba el Mein Kampf (Mi lucha), de Hitler. Otra alababa el Ámbar: oro del mar, con enormes piezas de la resina fósil que simbolizaba “los valores germánicos como una raza aria pura”. Otra más incluía el cuadro Tres campesinos en una tormenta (1938), del pintor Hans Schmitz-Wiedenbrück, traído de la colección privada del propio Hitler.
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Al esfuerzo de Wilhelm Martin para evitar que los ocupantes se anexionaran el museo se sumaba la situación de los que se escondieron entre sus paredes. “Había gente oculta que trataba de escapar a los trabajos forzados en Alemania, mientras un oficial alemán daba discursos en el piso de arriba, en la sala dorada, junto a una gran esvástica”, detalla Gosselink. Ella admite que a medida que preparaban la muestra sintieron de forma tangible “los dilemas que afrontó el director durante la guerra”. “No hay más que ver lo que ocurre ahora en Estados Unidos con las presiones recibidas por algunas instituciones culturales”, añade.
A partir de 1942, Mense de Groot, el administrador, se trasladó a vivir al sótano con su esposa y sus cinco hijos. Era una forma de que siempre hubiera alguien vigilando, y el “cuaderno de bitácora” que escribió ha sido conservado. Incluye cosas como el bombardeo de Róterdam, que pudo ver desde el tejado del edificio. La familia emigró a Canadá después de la guerra y uno de sus hijos, Menno, hoy nonagenario, recuerda en un vídeo su infancia en el lugar. Una vez vio a un hombre desconocido que desapareció de golpe, y tal vez fuera uno de los refugiados. Kella, su nieta, vive en Países Bajos desde hace dos años, y recuerda las historias que le contaba de pequeña en un entorno que ahora le resulta familiar. “Aquí dentro, los recuerdos son auténticos y veo lo que significan”, asegura. El abuelo no ha podido viajar por motivos de salud, y cuando le preguntaron qué suponía para él la exposición, “respondió que es importante que sus relatos hayan tenido un impacto en la historia de Países Bajos”, dice Kella. El búnker fue destruido en 1984 durante la restauración del edificio y el Real Gabinete de Pinturas Mauritshuis ya no está amenazado. Pero hay otras guerras. Como la de Ucrania, donde la Unesco se afana por proteger y restaurar el patrimonio cultural.
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